La construcción de una América Latina más fuerte requerirá, en última instancia, que los gobiernos superen sus disputas políticas, opina Juan Pablo Spinetto.La construcción de una América Latina más fuerte requerirá, en última instancia, que los gobiernos superen sus disputas políticas, opina Juan Pablo Spinetto.

Prepárense para una América Latina más pragmática

2026/02/07 02:06
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¿Qué mejor escenario para debatir sobre un mundo en rápida evolución que el Canal de Panamá? Esta emblemática vía navegable no solo es un punto clave de la geopolítica, sino también la primera línea más visible de América Latina en la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China.

Por eso, la reunión de la semana pasada de los principales líderes políticos y ejecutivos empresariales de la región —más de 6 mil personas, bajo el auspicio del banco de desarrollo CAF— en un enorme centro de convenciones a pocos kilómetros de la entrada del canal por el Pacífico no fue solo simbólica, sino también reveladora. América Latina empieza a enfrentarse a los riesgos de un orden mundial más discrecional, en el que su crónica falta de integración y unidad la vuelve vulnerable a las maniobras de las grandes potencias.

Lo que más llamó mi atención no fue solo la magnitud del “Davos de América Latina”, sino el cambio de tono. Habría esperado que la primera gran reunión regional desde la operación militar estadounidense que destituyó por la fuerza a Nicolás Maduro en Venezuela desatara una avalancha de retórica antiestadounidense. En cambio, el ambiente en la ciudad de Panamá era moderado, centrado en los negocios y sorprendentemente pragmático. Si hubiera que resumir ese clima, podríase decir que emergía un giro tentativo hacia conversaciones más francas, basado en las preocupaciones concretas de los latinoamericanos: más crecimiento, mejores empleos, mayor seguridad, menos exclusión y una renovada sensación de esperanza. “Capitalismo para todos”, como lo expresó con acierto el nuevo presidente de Bolivia, Rodrigo Paz.

Paz compartió la sesión inaugural con un elenco ideológicamente ecléctico: líderes de izquierda como el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y el Gustavo colombiano Petro, junto con figuras de derecha como el ecuatoriano Daniel Noboa y el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, todos invitados por el presidente de Panamá, José Raúl Mulino. Su presencia en un mismo escenario subrayó el objetivo más profundo de la cumbre, que no era solo generar ideas, sino actuar como un catalizador excepcional del diálogo entre las divisiones históricas de la región y empezar a delinear una nueva narrativa regional.

Las reiteradas referencias a Paz no son casuales. En menos de tres meses de iniciar su mandato, se está consolidando como una estrella en ascenso en el firmamento político latinoamericano, lo que despierta un creciente interés empresarial. Elocuente, carismático y con una imagen juvenil a sus 58 años, Paz encarna un estilo de liderazgo más fluido y difícil de encasillar, que rehúye las etiquetas tradicionales de izquierda o derecha. Si la polarización ha definido gran parte de la política regional en este siglo, quizás se esté imponiendo una conclusión inevitable: ningún bando puede gobernar por mucho tiempo sin ofrecer resultados. “La ideología no da de comer; lo que da de comer es el empleo”, dijo.

Esa idea quedó reflejada en escenas que hasta hace poco habrían parecido impensables: Lula tendiendo puentes con Kast, quien durante la campaña no ocultó su desdén por la izquierda; Petro compartió escenario con Noboa pocos días después de una dura disputa bilateral por aranceles. “Un presidente no administra una trinchera”, observó Kast. ¿Está América Latina aprendiendo, por fin, que todos pierden cuando las divisiones internas se dejan crecer sin control?

“Políticamente en la región, hay un cambio”, señaló Felipe Larraín, exministro de Hacienda de Chile, al sostener que los responsables políticos deben ser más ambiciosos y considerar reemplazar el actual mosaico de acuerdos locales por un único acuerdo de libre comercio y logística que abarca América Latina y el Caribe. “Aquí necesitamos gobiernos que no sean tan ideológicos”.

Desde luego, los líderes que asistieron al encuentro tenían poco que perder. No había un comunicado final que firmar ni decisiones políticas definitivas que adoptar. Las persistentes divisiones regionales siguen siendo evidentes. Basta observar la falta de consenso sobre el próximo secretario general de las Naciones Unidas: Brasil, México y Chile respaldan a la expresidenta Michelle Bachelet, mientras que Argentina impulsa a un candidato más alineado con la Casa Blanca, Rafael Grossi.

Aun así, tras dos días de conversaciones con los delegados, el mensaje que surgió fue de un entusiasmo cauteloso por la magnitud de las oportunidades que América Latina sigue ofreciendo, desde grandes proyectos de infraestructura orientados a la integración regional hasta la energía, los minerales estratégicos y el desarrollo de la inteligencia artificial.

El abrupto giro favorable a los negocios en Bolivia tras dos décadas de socialismo, junto con el experimento de Venezuela bajo la tutela de EU, reforzó la percepción de que el cambio político puede liberar un verdadero potencial económico. Este renovado interés empresarial —la Cámara de Comercio Americana se movía activamente para organizar reuniones corporativas al margen de la conferencia— también refleja una respuesta pragmática al renovado involucramiento de EU en la región a través del resurgimiento de la Doctrina Monroe.

“Hay una visión más compartida de la importancia de poner las políticas de desarrollo productivo”, afirmó José Manuel Salazar, secretario ejecutivo de la CEPAL. “Una de las diversificaciones es la integración regional. Eso puede ser un motor de crecimiento si lo hacemos bien”.

Si bien abundan las ideas y las oportunidades, reposicionar a la región llevará tiempo. El expresidente colombiano Juan Manuel Santos defendió ante otros asistentes que América Latina necesitaba “hablar con una sola voz”. Eso es una ilusión. Esperar que 33 países acuerden un único mensaje es una idea romántica con escaso valor práctico. La diversidad regional debe aprovecharse, no suprimirse artificialmente. El desafío consiste en evitar que esa diversidad derive en una división fratricida que empore la situación de todos.

En un sistema internacional en rápida transformación, la construcción de una América Latina más fuerte requerirá, en última instancia, que los gobiernos superen sus disputas políticas internas a favor del bien regional. La semana pasada, en Panamá, al menos se dieron algunos pasos tentativos en esa dirección.

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