Desde niño, Uriel Manzo hablaba mucho y por todos lados, en especial con sus abuelos. Se crió en Pinamar, una ciudad que ama profundamente, un rincón en el mundo que le ofrendó tiempo, silencio y espacio. Lejos del caos y la hiperestimulación de las grandes ciudades, su infancia transcurrió en la playa, en los médanos, junto a sus primos a los que también les hablaba mucho, “demasiado, quizás”, sonríe, mientras rememora aquellos días.
Pero conversar con los grandes era lo que mejor se le daba. Adoraba escuchar sus historias y hacer preguntas, en especial al abuelo paterno, Juan Carlos, un gran compañero con quien observaba a los pájaros por la ventana y charlaba por horas: “Escuchar historias de una Ostende que era solo médanos, de cómo había que recuperar del mar la casa donde veraneaba el presidente Frondizi, o anécdotas increíbles, como cuando conoció a Saint-Exupéry”, relata.
Uriel también recuerda una infancia entre papeles, libros, y elocuentes discursos que daba en almuerzos familiares con maletín en mano y vestido con ropas y trajes que le quedaban grandes; les pedía a sus padres que lo graben, ellos lo dejaban ser en total libertad y seguían con alegría su juego, que también era una vocación que empezaba a tomar forma.
“Esa vocación se potenció con mi abuelo, Sergio, que llegó a la Argentina desde Chile durante la dictadura de Pinochet”, cuenta Uriel, de 18 años. “Caminábamos por la playa, con el viento frio, y la arena húmeda y hablábamos de política. No siempre coincidíamos, pero ahí aprendí que cuando hay respeto, incluso las conversaciones incómodas valen la pena. Muchos de los libros que tengo son de él, y la mayoría, de política”.
Si bien en la primaria Uriel había participado en ferias de ciencia y en proyectos, en la secundaria llegó su primera experiencia real de participación. Se involucró activamente con el centro de estudiantes, en participar de reuniones, elecciones y comisiones. Impulsó, junto al grupo activo, espacios vinculados a la salud mental, proyectos de lectura a partir de problemas de comprensión lectora que observaban todos los días.
Rodeado de esta nueva atmósfera llegaron los grandes aprendizajes. Uriel aprendió a insistir, a perseguir a los directivos por los pasillos para ser escuchado; esperaba tras las puertas y cultivó una paciencia peculiar, donde de a poco fue capaz de entender ciertos juegos de egos y tiempos: “Juegos de poder cotidiano”, dice.
Asistía a un colegio técnico que dejó huella en él, con directivos y docentes con verdadera vocación, donde las jornadas, entre lecciones, participación y estudio posterior, comenzaban a las 7:45 y solían terminar a las 22:30: “Allí me enseñaron más allá de lo técnico, fue hermoso, aunque un camino de mucho tiempo, pero que volvería a elegir (en su momento no me entusiasmaba mucho, pero mis papás sabían que era lo mejor)”, continúa Uriel, que decidió no seguir con su orientación técnica y este año ingresa a Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales: “Agradezco mi formación técnica, que me dio método, responsabilidad y carácter, me dejó ser, y también aprender a cumplir con horarios, exigencias, y moral”.
En quinto año de la secundaria una nueva ventana se abrió en el camino de Uriel, cuando se presentó la oportunidad de participar en modelos ONU, donde conoció personas con inquietudes similares. Tiempo después se sumó a otras agrupaciones juveniles y a think thanks, organizaciones dedicadas a la investigación y análisis de temas públicos con el objetivo de influir en políticas y decisiones mediante estudios y propuestas basadas en evidencia. No siempre estaba de acuerdo con lo que veía y escuchaba, pero cada espacio le permitió ganar experiencia desde muy temprana edad.
En sexto, la necesitad de emprender algo propio comenzó a crecer. Uriel probó, se equivocó y absorbió las enseñanzas de cada falla. En pos de llegar al proyecto soñado, decidió abrirse al aprendizaje como nunca antes, se rodeó de gente que sabía más que él, halló mentores y comenzó a escribir, todos factores clave para quien quiere ver realizado un propósito. Finalmente, cierto día le terminó de dar forma a IAEPG (Instituto Argentino de Análisis Estratégico y Prospectiva Global), una plataforma juvenil, federal y apartidaria cuyo propósito es generar un espacio de participación para jóvenes que quieren pensar, debatir y escribir sobre los grandes temas del país y del mundo.
“Surgió a partir de una sensación muy concreta: había muchas ganas de involucrarse, pero pocos lugares reales para hacerlo, sobre todo desde el interior y sin pertenecer a estructuras tradicionales, o espacios muy cerrados y elitistas”, asegura Uriel. “Es el proyecto por el que puedo madrugar, sacrificar planes, ocupar fines de semana enteros en reuniones y, aun así, sentirme feliz. Dormirme con la sensación de estar construyendo algo que vale la pena para otros jóvenes. Y la sensación de estar dejando un camino”.
“En la práctica, el IAEPG funciona como un espacio de producción y formación: escribimos artículos y documentos de análisis, organizamos charlas y encuentros, impulsamos instancias de debate y articulamos con organizaciones, embajadas y actores institucionales. Buscamos que los jóvenes aprendan a poner sus ideas en palabras, a sostenerlas con argumentos y a participar del debate público con responsabilidad”, continúa Uriel.
“La idea empezó a tomar forma a mediados de 2025 y se lanzó oficialmente en octubre de ese año. El principal desafío fue armar un equipo que creyera en una propuesta nueva, sin financiamiento, sin certezas y con mucho trabajo por delante, era difícil que se sumen, con, con la incertidumbre de no saber si eso iba a prosperar, si iba a fracasar, si merecía invertir el tiempo ahí. Muchos dudaron, otros rechazaron la propuesta. Hasta que aparecieron las personas indicadas. Compañeros que se sumaron sin garantías, con entusiasmo y convicción. Sin ellos, el IAEPG no sería nada. Todos trabajamos sin recibir nada a cambio, más que la satisfacción de no quedarnos con los brazos cruzados, algo que no es poco: jóvenes empujando para el mismo lado".
“Cuando abrimos la convocatoria de voluntarios, una respuesta me quedo marcada para siempre fue: Cuando tengas algo importante que decir, pero hables bajito, buscá un buen amplificador. Creo que el IAEPG puede ser ese amplificador. Ahí entendí todo. Ese es el camino, sigamos por acá. Esta es nuestra misión”.
Uriel recuerda con orgullo a ese niño parlanchín que alguna vez fue, jugando en los médanos de su amada Pinamar, teniendo conversaciones eternas con sus abuelos y pretendiendo ser un señor con un discurso importante para transmitir al mundo. Mucha agua corrió bajo el puente y, sin embargo, su travesía recién comienza.
Lleno de propósitos para su querida Argentina y para el mundo, Uriel confía en este presente como trampolín hacia un futuro diferencial. Hoy IAEPG, como impulsor de sus sueños, reúne a más de veinte jóvenes de distintas provincias, entre ellas Córdoba, San juan, Buenos Aires, CABA, Chaco, Santa fe y Jujuy, y traspasa fronteras, con integrantes de Chile y Venezuela.
“Diferentes ideas, contextos y miradas, pero con una misma voluntad: hacer. Son jóvenes muy distintos entre sí, con diferentes ideologías, distintos pensamientos, contextos y realidades muy diversas, pero con ganas de hacer, aportar y sumar”, asegura Uriel, quien recientemente creó asimismo FOCO, un observatorio de educación: “porque la educación atraviesa todo y, sin embargo, rara vez se la piensa escuchando a quienes la viven todos los días. Se habla sin haber pisado una escuela y ver las condiciones reales de aprendizaje, se toman decisiones sin tener en cuenta los recursos y las herramientas de los directivos”.
“FOCO busca hacerse cargo de las preguntas incómodas: por qué muchos jóvenes sienten que la escuela no les habla, cómo se pierde el sentido de estudiar, qué pasa cuando aprender compite con el hambre, la precariedad o la incertidumbre. Pensar la educación hoy exige ampliar el dialogo. No alcanza con hablar de escuelas, contenidos o calendarios. La educación ocurre en territorios rurales y en márgenes urbanos, en contextos atravesados por la pobreza, la violencia o el conflicto, en espacios donde el acceso al conocimiento es frágil o directamente inexistente. Ocurre también en centros de estudiantes, organizaciones juveniles y experiencias comunitarias que muchas veces suplen ausencias estructurales del Estado. Se juega en sociedades donde persiste el analfabetismo, donde miles de estudiantes abandonan sin que el sistema registre su ausencia, donde la expectativa se erosiona y el sentido de aprender se vuelve difuso”.
“A quien está del otro lado, mi mensaje es: no quedarse de brazos cruzados. Ver un problema y hacer algo, aunque cueste, aunque al principio no te escuchen, aunque no te entiendan. En el camino uno se cae, se equivoca, aprende y se encuentra con personas que valen la pena”, dice Uriel, pensativo. “Y decirlo claro, los jóvenes no somos solo el futuro. Somos el presente. Somos muchos en todo el país con ganas de involucrarnos. Solo necesitamos que alguien nos escuche y nos tenga en cuenta”, concluye.
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