Pocas cosas en la vida son tan subestimadas como la palabra. La usamos todos los días, casi sin pensar, como si fuera un recurso inagotable, como si no tuviera consecuencias.
Y, sin embargo, la palabra es una de las fuerzas más poderosas que ha conocido la humanidad. Con ella se han construido civilizaciones, se han justificado guerras, se han sanado almas y también se han destruido conciencias.
La palabra, dicha o escrita, es comparable a una granada de fragmentación, pues una vez lanzada, ya no puede detenerse. Sus fragmentos se dispersan, y seguro dejan huella. Puede hacer un bien profundo o un daño irreparable. No hay neutralidad en la palabra, siempre impacta.
Un texto bien colocado, en el momento adecuado y frente al público correcto, puede cambiar la manera de pensar de una sociedad entera. Así ha ocurrido una y otra vez a lo largo de la historia.
Ideas que comenzaron como simples palabras terminaron transformándose en movimientos, en reformas, en revoluciones morales o jurídicas. Por eso, quien escribe, y más aún quien habla, tiene una responsabilidad enorme, aunque muchas veces no sea consciente de ello.
Para el abogado, esta verdad adquiere una dimensión todavía más profunda. La palabra es su herramienta esencial. La palabra escrita en un escrito claro, preciso y bien dirigido; y la palabra verbal, dicha con firmeza, oportunidad y respeto. El buen abogado no es el que habla más, sino el que sabe decir mucho con poco. El que comprende que la verdadera fuerza no está en la extensión, sino en la precisión.
Uno de los errores más comunes y costosos en la abogacía es no entender a quién se le habla. El abogado que ignora a su público suele caer en dos extremos igualmente peligrosos: o se expresa de forma pobre, desordenada y hasta descuidada, proyectando ignorancia o falta de preparación; o se excede en lo técnico, en lo rimbombante, en un lenguaje que no busca comunicar, sino exhibirse. En ambos casos, el resultado es el mismo, pues se pierde el mensaje y se pierde la credibilidad.
No es lo mismo hablar ante personas que exigen acción inmediata que ante quienes esperan reflexión. No es lo mismo explicar a un ciudadano ajeno al Derecho que dirigirse a ministros, magistrados, maestros o doctrinarios.
Tampoco es lo mismo razonar fríamente cuando el momento exige esperanza, contención o inspiración. Equivocar el tono, el lenguaje o la extensión no solo desconecta al orador de su audiencia, lo expone como alguien poco preparado, ajeno a la realidad que pretende influir.
La historia está llena de ejemplos. Para bien y para mal. Jesús de Nazaret transformó la conciencia de generaciones enteras a través de parábolas sencillas, profundas, comprensibles para todos.
Adolf Hitler, por el contrario, utilizó la palabra con una maestría perversa, capaz de manipular emociones y conducirlas hacia la destrucción. Ambos entendieron el poder del lenguaje. Ambos demostraron que la palabra puede cambiar el rumbo de la historia incluso décadas después de haber sido pronunciada.
Por eso, el abogado, cuyo oficio se sostiene precisamente en el lenguaje, tiene la obligación moral de dominar la palabra y de saber para qué la utiliza. Una palabra mal empleada puede destruir reputaciones, familias o, incluso, vidas.
Un argumento mal planteado puede condenar injustamente o absolver indebidamente. Y más grave aún, existen abogados que saben usar la palabra con enorme habilidad, pero la ponen al servicio de fines torcidos. Ese tipo de inteligencia, carente de ética, es mucho más peligrosa que la ignorancia.
De ahí que la ética sea tan importante en la formación del abogado, su columna vertebral. La palabra sin ética es un arma sin control. Con ética, en cambio, se convierte en una herramienta de justicia, de bien común y de construcción social.
A los futuros abogados les digo esto: estudien la palabra. Aprendan a escuchar antes de hablar. Entiendan su objetivo, su público, el momento y la emoción que los rodea. Fortalezcan su ética y su moral, porque tarde o temprano serán puestos a prueba.
Y cuando tengan en sus manos esa arma tan poderosa que es el lenguaje, decidan conscientemente usarla para el bien. Porque al final, la palabra no solo define al abogado que somos, sino al ser humano que elegimos ser.


