El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla durante una conferencia de prensa en la Sala Brady de Prensa de la Casa Blanca en Washington, D.C., el 20 dEl presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla durante una conferencia de prensa en la Sala Brady de Prensa de la Casa Blanca en Washington, D.C., el 20 d

¡Sorpresa! La Corte Suprema le dio una lección al presidente Trump

2026/02/22 02:44
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WASHINGTON.– Ahora que el tercer poder del Estado le explicó al segundo que el primero importa, el presidente Donald Trump quedó en una encrucijada.

Tal vez necesite una distracción aún mayor que bombardear Irán o desclasificar archivos secretos sobre ovnis y extraterrestres. Quizá deba convocar a Marvin el Marciano a una reunión en el Salón Oval e incorporarlo a la “Consejo de la Paz”.

(Aunque tal vez habría que llamarlo “Aburridos de la Paz”, dado que Trump parece ansioso por atacar a Irán y que, según trascendió, guardias de seguridad que protegían al presidente de Azerbaiyán —integrante del consejo— golpeaban a manifestantes frente al hotel Waldorf Astoria de esta ciudad).

El presidente Donald Trump habla durante la ceremonia de firma en la reunión inaugural del

El viernes fue un día histórico en el reinado de Trump. Resultó reconfortante ver, por fin, a alguien decirle a este hombre-niño caprichoso: “No, eso no podés hacerlo”. Y fue especialmente reconfortante que la Corte Suprema, sumida en sus propias controversias éticas y hasta ahora deferente con el megalómano de la Casa Blanca, de pronto mostrara carácter.

El máximo tribunal le explicó con firmeza al “Emperador del Caos” por qué sus aranceles eran inconstitucionales sin el aval del Congreso.

Y el presidente reaccionó como suele hacerlo cuando no se sale con la suya: con un berrinche digno de Regina George.

En una conferencia de prensa el viernes por la tarde, con las luces atenuadas para favorecerlo, Trump dejó en claro que estaba “absolutamente avergonzado” del presidente del tribunal, John Roberts, y de los jueces Amy Coney Barrett y Neil Gorsuch, así como de sus tres colegas progresistas que frenaron sus erráticas, perversas —y a veces personalmente vengativas— maniobras arancelarias.

El presidente Donald Trump anuncia nuevos aranceles a varios países durante un evento en la Casa Blanca, el 2 de abril de 2025, en Washington

Trump arremetió contra los jueces liberales, a quienes calificó como “una vergüenza para nuestra nación”, y sostuvo que los conservadores que integraron la mayoría eran “tontos y perritos falderos, republicanos solo por nombre y de la izquierda radical”. Se quejó de que la mayoría no tuvo “el coraje de hacer lo correcto para nuestro país”. El mandatario, que exige lealtad absoluta, apuntó además contra dos magistrados designados por él, Gorsuch y Barrett, y afirmó que su decisión era “una vergüenza para sus familias”.

Como de costumbre, Trump confundió de manera absurda sus intereses personales con lo que conviene al país. Y, también como de costumbre, proyectó, acusando a los jueces que bloquearon sus aranceles de ser “antipatrióticos y desleales a nuestra Constitución” y de estar controlados por intereses extranjeros.

En realidad, esa crítica parece describir mejor al presidente que a los magistrados que pusieron freno a su temeraria carrera.

La sede de la Corte Suprema de Estados Unidos, el 6 de febrero de 2026, en Washington

Y Trump se equivocó al hablar de “perritos falderos”. Hasta ahora, Roberts, Gorsuch y Barrett habían actuado con docilidad frente a la Casa Blanca: contribuyeron a desmantelar el precedente de Roe v. Wade, le otorgaron al presidente inmunidad por casi todos sus actos oficiales, debilitaron la Ley de Derecho al Voto, permitieron que el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés) accediera a datos privados y habilitaron que el grupo encabezado por Elon Musk avanzara con recortes masivos en el empleo federal.

La Constitución es ambigua en muchos aspectos y eso le permitió a Trump moverse por zonas grises y hacer cosas que se suponía que le estaban vedadas —como demoler el ala este de la Casa Blanca sin consultar a nadie y permitir que oligarcas extranjeros lo enriquecieran a él, a su familia y a sus allegados—. Pero en materia de aranceles, la Constitución es clara: son potestad del Congreso.

Trump definió a los aranceles como “la palabra más hermosa del diccionario”. Y que le quitaran su juguete —aunque fuera el tiempo necesario para idear otra maniobra con la que castigar a distintos países— sacó a relucir su costado más oscuro. Tras su desbordada conferencia de prensa, publicó extensos mensajes en su red Truth Social.

Tras su desbordada conferencia de prensa, el presidente Donald Trump publicó extensos mensajes en su red Truth Social, el 20 de febrero de 2026

Apenas los republicanos moderados habían respirado aliviados, ya que no tendrían que seguir defendiendo el imprevisible esquema arancelario de Trump —en los hechos, un impuesto al consumidor—, el presidente firmó el viernes por la noche una orden ejecutiva invocando la Ley de Comercio de 1974 para imponer un “arancel global del 10% a todos los países”. Horas antes había alardeado en la conferencia de prensa que no solo podía destruir el comercio de cualquier nación, sino también “destruir al país”.

Puedo destruir al país”, dijo en tono burlón a los periodistas, “pero no puedo cobrarles una pequeña tarifa”.

Con los intentos de Trump de concentrar poder, la Corte finalmente rindió cuentas. Mientras tanto, la interminable espera para asignar responsabilidades en el caso de Jeffrey Epstein —que involucra a jóvenes mujeres indefensas— continúa. La única justicia concreta hasta ahora, en esta sórdida saga de hombres malvados de distintos puntos del mundo, es que una mujer depredadora está presa.

Es cierto que Les Wexner, el exmagnate de Victoria’s Secret que le otorgó a Epstein poder notarial sobre su fortuna, declaró esta semana ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes. Pero adoptó el papel de ingenuo, asegurando entre lágrimas que Epstein lo había “engañado”. Resultó poco creíble. Es evidente que Wexner estaba fascinado con Epstein y que facilitó que el monstruo adquiriera el avión y la isla privada que atrajeron a tantas figuras conocidas a su red.

El entonces agente inmobiliario Donald Trump y su novia (y futura esposa), Melania Knauss; el financiero (y futuro delincuente sexual) Jeffrey Epstein; y la británica Ghislaine Maxwell, en Mar-a-Lago, el 12 de febrero de 2000

También el rey Carlos ofreció esta semana un inusual gesto de rendición de cuentas. No intervino cuando la policía británica detuvo a su hermano, el expríncipe Andrés, acusado de haber compartido información confidencial con Epstein. Fue impactante ver el gesto atónito de Andrés cuando los agentes lo retiraban de su residencia en Norfolk. Aun así, sigue esquivando acusaciones de delitos sexuales.

Trump se ha esforzado por desmarcarse de su amistad con Epstein, como si apenas lo hubiera conocido, aunque resulta evidente que se entre depredadores se reconocían. Trump, Melania, Mar-a-Lago y otras palabras vinculadas aparecen más de 38.000 veces en los archivos del caso Epstein.

Y ahora el presidente también deberá distraer la atención de la humillación que le infligió una Corte Suprema conservadora. Es probable que pase el fin de semana reescribiendo su discurso sobre el Estado de la Unión y pensando nuevos ataques contra los jueces que le ajustaron la correa.

Y quién sabe: quizá hasta veamos a Marvin el Marciano aparecer en el Salón Oval, con un libro de cocina bajo el brazo titulado “Cómo servir al hombre”.

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