Nuestra tierra (Argentina/Estados Unidos/México/Francia/Holanda/Dinamarca, 2025). Dirección: Lucrecia Martel. Guion: Lucrecia Martel, María Alché. Investigación histórica: Milena Acosta. Fotografía: Ernesto de Carvalho. Edición: Jerónimo Pérez Rioja, Miguel Schverdfinger. Sonido: Guido Berenblum, Manuel De Andrés. Música: Alfonso Olguín. Con la participación de toda la comunidad de Chuschagasta. Calificación: No disponible. Distribuidora: Moving Pics. Duración: 122 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
En el cuento “Mañana”, escrito por William Faulkner y publicado originalmente en el Saturday Evening Post en 1940, el narrador nos revela el secreto trasfondo de un juicio que su tío Gavin perdió en los tribunales del Sur tiempo atrás. El acusado era un próspero granjero y padre de familia; la víctima, un matón jactancioso cuyo pasado era desconocido. La disputa había sobrevenido por el romance del matón y la hija del agricultor, el asesinato parecía un correctivo anhelado por todo el condado que quería deshacerse del intruso. El único que estaba en desacuerdo con esa absolución por un crimen justo era un hombre del jurado, quien descubrió en ese villano consumado el recuerdo de un niño que había criado y le había sido arrebatado. Más allá de la maravillosa historia que conduce Faulkner hasta la sentida revelación, lo que perdura es una frase puesta en la boca del tío Gavin sobre ese hombre endurecido por la pobreza y el trabajo duro que no dejó marchitar el amor en su corazón. “Los humildes e invencibles de la tierra, soportar, y soportar, y soportar una vez más, mañana, mañana y mañana”.
Esas últimas líneas podrían pensarse con relación a la historia del cacique Javier Chocobar, elegida por la directora Lucrecia Martel para su primer documental. Un crimen en el marco de la disputa por la tierra en la provincia de Tucumán, un juicio signado por el enfrentamiento entre quienes reclaman su lugar allí en virtud de sus ancestros y raíces, y quienes lo hacen con el respaldo de una estructura de poder que se arraiga en tiempos de la Colonia, y un viaje hacia el pasado de nuestro país, a las profundidades de historias silenciadas y condenadas al olvido. Nuestra tierra es más que la reconstrucción del asesinato de Chocobar y el juicio a los responsables -Darío Amín y los expolicías Luis Gómez y José Valdivieso-, ocurrido en 2018, nueve años después del hecho; es una crónica del presente y pasado de la comunidad de Chuschagasta a partir de las voces de sus protagonistas, de la belleza del lugar y la memoria de sus habitantes, de esas luchas que merecen ser contadas.
Pese a que, en el marco de su obra -que integran La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza, Zama y numerosos cortometrajes-, Nuestra tierra pueda resultar más accesible y convencional, Martel consigue empujar los contornos del registro documental a otro terreno, que incluye la dimensión sonora de ese mundo contenido en el valle, entre cerros y agua dulce, pero también signada por el sonido de los disparos en el video de aquel día fatídico, de los forcejos que anticipan la muerte, los gritos de horror.
La estrategia de montaje que combina el espacio del tribunal con el de las entrevistas a historiadores que aseguran la extinción de la comunidad Chuschagasta a comienzos del siglo XIX, permite algunos trazos de tragicomedia, al mismo tiempo que la conciencia de lo que se dice en los careos o en los alegatos deja en el aire lo que se calla u oculta. Esa capacidad para hacernos ver lo que no está, para hacernos sentir lo que se quiere aniquilar, para ofrecernos el atisbo de un mundo que resiste allí, como un deber urgente e imprescindible, es la verdadera conquista de Nuestra tierra.
En el final de su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1949, William Faulkner escribía: “Me niego a aceptar el fin del hombre. Creo que el hombre no solo perdurará: prevalecerá. Es inmortal, no porque sea el único entre las criaturas con una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, sacrificio y resistencia. El deber del poeta, del escritor, es escribir sobre estas cosas”. Para Lucrecia Martel, el deber del cineasta es filmar sobre estas cosas.


