La pobreza no se reduce a cifras; afecta a personas reales. Medirla integralmente, más allá del ingreso, revela desigualdad, falta de tiempo y necesidad de educLa pobreza no se reduce a cifras; afecta a personas reales. Medirla integralmente, más allá del ingreso, revela desigualdad, falta de tiempo y necesidad de educ

La pobreza no son números

2026/03/18 14:20
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Quizá el dato más repetido en la discusión pública durante la segunda mitad de 2025 fue el anuncio de la reducción de la pobreza en México. La cifra difundida por el INEGI se convirtió rápidamente en un punto central del debate político. Para el gobierno y sus simpatizantes, ese resultado pasó a ser una prueba de que la política social está funcionando y, en muchos casos, un pilar de legitimidad.

Pero cuando la discusión pública se concentra únicamente en una cifra, corremos el riesgo de perder de vista algo fundamental: la pobreza no son números, son personas.

Detrás de cada indicador hay historias de vida, familias que luchan por salir adelante y millones de niños cuyo futuro depende de las oportunidades que logremos construir como sociedad. Por eso es importante mirar el fenómeno con mayor profundidad y no reducirlo a una sola medición.

Existen otros ejercicios rigurosos que ayudan a entender la pobreza desde perspectivas complementarias. Uno de ellos es la medición basada en el Método de Medición Integrada de la Pobreza, elaborada por el Consejo de Evaluación de la Ciudad de México. Este enfoque, desarrollado por los académicos Araceli Damián y Julio Boltvinik, propone observar la pobreza desde una visión más integral.

Su metodología no solo considera el ingreso, sino también el tiempo disponible de las personas y las necesidades básicas insatisfechas. En esta última dimensión se incluyen aspectos como vivienda, salud, educación, seguridad social, telecomunicaciones o el esparcimiento.

Los resultados muestran que la pobreza es un fenómeno mucho más complejo de lo que suele aparecer en el debate político. Bajo este enfoque, alrededor del 72% de los hogares del país se encuentran en alguna situación de pobreza, lo que equivale a más de 94 millones de personas.

Una de las dimensiones más extendidas es la llamada pobreza de tiempo. De acuerdo con el análisis retomado por el Instituto Mexicano para la Competitividad, el 64.7% de la población enfrenta esta condición: personas cuya mayor parte del día se destina al trabajo remunerado, al trabajo doméstico y de cuidados o a resolver necesidades básicas, dejando muy poco espacio para el descanso, el ocio o el desarrollo personal.

Nada de esto significa negar que en los últimos años haya habido avances. Sin embargo, los avances no son definitivos; están colgados de alfileres. Si una persona sale de la pobreza por un apoyo social pero regresa a la misma tan pronto le quiten el programa, ¿cuál es la efectividad de la política? Es una política artificial que genera dependencia y, más triste aún, desesperanza. Por eso mi insistencia en que la política social debe ser política educativa en edades básicas y de emprendimiento e innovación más avanzados los años, de tal suerte que el ciudadano salga de manera definitiva y adquiera su libertad económica sin depender de nadie más.

El problema aparece cuando los resultados se convierten en un trofeo político y dejamos de preguntarnos qué tipo de salida de la pobreza estamos construyendo. Los programas de transferencias económicas pueden aliviar situaciones urgentes y ofrecer un apoyo valioso para muchas familias. Pero aliviar no es lo mismo que transformar. Si una persona deja de ser considerada pobre únicamente porque recibe un ingreso público, pero no ha mejorado sus capacidades, sus oportunidades o su productividad, la salida puede ser estadística, pero no necesariamente estructural.

Por eso vale la pena recordar una idea sencilla: el mejor programa social es el que logra terminarse. No porque se abandone a las personas, sino porque cumplió su propósito. Porque quien recibió el apoyo ya no lo necesita. La verdadera política social debería medirse por su capacidad de generar movilidad social, por la posibilidad de que una niña o un joven que nace en condiciones difíciles tenga acceso a educación, talento y oportunidades que cambien su destino.

Y esa movilidad social sí existe cuando se apuesta por la educación. Andrea, alumna de la escuela de Fundación Azteca en la Ciudad de México, fue acreedora de una beca para estudiar en la Southwestern University. Su historia es un recordatorio de lo que realmente transforma vidas: oportunidades que permiten a los jóvenes desarrollar su talento y ampliar su horizonte.

Con trabajo, esfuerzo y carácter se forman los líderes del México que queremos. Porque cuando una oportunidad educativa cambia el destino de una persona, no solo mejora una estadística: comienza a construirse un país con mayor movilidad social y con más futuro para todos.

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