25 DE JUNIO — El reciente tiroteo escolar en el San Jose National High School de la ciudad de Tacloban ha sacudido a Filipinas y a toda la región. Tres estudiantes perdieron la vida, otros resultaron heridos y toda una comunidad escolar quedó traumatizada. Para muchos, el incidente es difícil de comprender. Los tiroteos escolares siguen siendo excepcionalmente raros en el sudeste asiático, lo que hace que la tragedia resulte aún más perturbadora.
A medida que continúan las investigaciones, los debates públicos se han centrado en diversos factores posibles, entre ellos el acoso escolar, el acceso a armas de fuego, la influencia de las redes sociales, el contenido violento en línea y los antecedentes de los jóvenes sospechosos. Estas reacciones son comprensibles. Cada vez que ocurre una tragedia de esta magnitud, surge de inmediato el deseo de identificar una causa. La gente quiere respuestas. Quiere certezas. Y, sobre todo, quiere la seguridad de que un hecho así no volverá a repetirse. Lamentablemente, los actos de violencia extrema rara vez tienen explicaciones sencillas.
Desde una perspectiva criminológica, los actos graves de violencia raramente surgen de una sola causa. El comportamiento humano está moldeado por una compleja interacción de experiencias individuales, circunstancias familiares, relaciones entre pares, entornos escolares, influencias en línea y condiciones sociales más amplias. Los tiroteos escolares son con frecuencia el resultado de múltiples señales de advertencia y múltiples oportunidades de intervención desaprovechadas, más que de un factor aislado.
Entre los temas que surgieron tras el tiroteo de Tacloban está la posibilidad de que el acoso escolar haya desempeñado algún papel. Si estas alegaciones resultan ciertas, merecen una atención seria. Sin embargo, es importante abordar el asunto con matices. El acoso escolar no justifica la violencia. Nada justifica quitar vidas inocentes. Al mismo tiempo, el acoso no debe descartarse como algo irrelevante simplemente porque no justifique el crimen. Durante demasiado tiempo, el acoso escolar ha sido tratado como una parte normal del crecimiento. Se le dice a las víctimas que lo ignoren, que desarrollen resiliencia o que simplemente sigan adelante. Sin embargo, décadas de investigación han demostrado de forma consistente que el acoso persistente puede tener profundas consecuencias psicológicas. La ansiedad, la depresión, el aislamiento social, la autolesión, la evitación escolar, la disminución de la autoestima y los sentimientos de humillación no son infrecuentes entre las jóvenes víctimas. Por eso el acoso escolar no debe verse únicamente como un problema disciplinario. Es también una cuestión de protección de la infancia.
Uno de los aspectos más preocupantes de muchos casos de acoso es que las señales de advertencia suelen ser visibles mucho antes de que estalle una crisis. Las víctimas pueden retirarse socialmente, experimentar un descenso en su rendimiento académico, evitar la escuela o mostrar signos de angustia emocional. Sin embargo, estos indicadores no siempre son reconocidos ni se actúa en consecuencia. En algunos casos, los estudiantes pueden tener miedo de denunciar el acoso porque creen que nada cambiará. Otros pueden temer que denunciarlo empeore la situación.
El desafío para los centros educativos no consiste, por tanto, simplemente en responder a los incidentes una vez que ocurren, sino en identificar los problemas antes de que escalen. Esto plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿se han vuelto las instituciones educativas reacias a hablar de responsabilidad?
En los últimos años, ha habido un bienvenido énfasis en el bienestar del estudiante, la salud mental y la rehabilitación. Estos son avances importantes. Sin embargo, el apoyo y la responsabilidad no deben tratarse como conceptos opuestos. Los estudiantes que incurren en acoso deben entender que sus acciones tienen consecuencias. El comportamiento dañino no puede normalizarse, minimizarse ni excusarse repetidamente. Al mismo tiempo, la responsabilidad no debe confundirse únicamente con el castigo.
El objetivo no debe ser avergonzar, humillar o estigmatizar a los niños. Más bien, debe ser ayudarlos a comprender el impacto de sus acciones, asumir la responsabilidad y cambiar su comportamiento. El arrepentimiento genuino y el cambio de conducta son a menudo mucho más eficaces para prevenir daños futuros que el castigo impuesto sin reflexión ni comprensión.
Aquí es donde los centros educativos pueden desempeñar un papel transformador. Las estrategias eficaces contra el acoso deben ir más allá de las sanciones disciplinarias. Deben incluir intervención temprana, servicios de orientación, programas de apoyo entre pares, educación en alfabetización digital y enfoques restaurativos que fomenten la empatía y la responsabilidad. Las víctimas necesitan sentirse escuchadas, creídas y protegidas. Al mismo tiempo, los estudiantes que incurren en comportamientos dañinos necesitan oportunidades para comprender las consecuencias de sus actos y realizar cambios significativos.
La tragedia de Tacloban también pone de relieve otra realidad de la adolescencia moderna: los jóvenes ya no llevan vidas separadas en línea y fuera de línea. Sus amistades, conflictos, identidades y experiencias se desarrollan cada vez más en plataformas digitales. El ciberacoso, la humillación en línea, la exposición a contenido violento y la participación en comunidades en línea dañinas pueden intensificar los agravios y las vulnerabilidades existentes. Si bien la tecnología rara vez es la única causa de la violencia, puede amplificar los problemas existentes y no debe ignorarse en los debates sobre la seguridad escolar.
Sin embargo, sería un error centrarse exclusivamente en las redes sociales, los videojuegos o el contenido en línea. Tales explicaciones suelen ofrecer respuestas convenientes mientras desvían la atención de conversaciones más difíciles sobre el clima escolar, las relaciones entre pares, el apoyo en salud mental y las respuestas institucionales al malestar de los estudiantes. Con frecuencia es más fácil culpar a la tecnología que examinar si los estudiantes tenían acceso a adultos de confianza, mecanismos de denuncia eficaces o sistemas de apoyo significativos.
En última instancia, las preguntas más importantes no son simplemente qué ocurrió, sino si podría haberse prevenido. ¿Podían los estudiantes denunciar sus preocupaciones con seguridad? ¿Se tomaron en serio las quejas? ¿Se identificó y apoyó a los estudiantes vulnerables? ¿Hubo oportunidades de intervención antes de que la situación se agravara? Estas son las preguntas que merecen un examen detenido.
La lección de Tacloban no es que los colegios deban convertirse en fortalezas. Tampoco que castigos más severos por sí solos eviten futuras tragedias. Es más bien un recordatorio de que la seguridad escolar comienza mucho antes de que un arma entre en un aula. Comienza por crear entornos en los que los estudiantes se sientan seguros, respetados y apoyados. Comienza por tomar en serio el acoso escolar. Comienza por reconocer las señales de advertencia y responder a ellas a tiempo.
Las víctimas merecen protección. Los centros educativos merecen herramientas eficaces para intervenir. Los padres merecen apoyo, no culpa. Y los jóvenes que incurren en comportamientos dañinos deben rendir cuentas, al tiempo que se les brindan oportunidades de rehabilitación y cambio. La responsabilidad y la compasión no son valores opuestos. De hecho, las respuestas más eficaces frente al acoso requieren ambas. El desafío no consiste en elegir entre el castigo y la rehabilitación, sino en encontrar el equilibrio que proteja a las víctimas, promueva la responsabilidad, fomente un cambio de conducta significativo y prevenga futuros daños. Si hay una lección que extraer de la tragedia de Tacloban, es que las señales de advertencia nunca deben ignorarse. Cuando la violencia estalla, la intervención ya ha llegado demasiado tarde.
* La Dra. Haezreena Begum Abdul Hamid es criminóloga y profesora titular de la Facultad de Derecho de la Universidad de Malaya.
* Esta es la opinión personal del autor o de la publicación y no representa necesariamente la opinión de Malay Mail.


