Fachada de canal 7, TV pública, de Libertador y TagleFachada de canal 7, TV pública, de Libertador y Tagle

¿Quién se acuerda de la TV Pública?

2026/01/18 11:05

¿Se acuerdan de la TV Pública? Hace tiempo que no se habla de ella. Ni de su programación ni de la influencia o atracción que supuestamente ejercería por ser la única emisora en condiciones de llegar a todo el país de aquello que todavía llamamos televisión, hoy reemplazada en el glosario especializado de las comunicaciones por el más amplio y genérico “pantallas”.

Cada año, para estas fechas, la señal que inauguró la historia de la televisión argentina en 1951 y durante décadas conocimos como Canal 7 parece despertar del letargo gracias a la retransmisión desde distintos puntos de la geografía argentina de algunas de las fiestas populares nativas con mayor convocatoria. Hace pocas horas, el seguimiento en tiempo real de lo más destacado de ese calendario tuvo un condimento especial: la presencia del presidente Javier Milei en la antepenúltima jornada del Festival de la Doma y el Folklore de Jesús María, en la provincia de Córdoba.

Hay que agradecer el hecho de que la cobertura de esa visita no haya tenido esta vez el fervor militante y autocelebratorio que mostraba la TV Pública en la época kirchnerista cada vez que la ex presidenta Cristina Fernández encabezaba alguna ceremonia televisada. Anteanoche, ese tipo de menciones se redujo a un par de graphs no demasiado relevantes ubicados al pie de la pantalla y el seguimiento completo, sin interrupciones publicitarias, del paso de Milei por Jesús María en una multitudinaria velada, primero desde la platea y luego en el escenario junto al Chaqueño Palavecino.

No hubo allí, como tantas otras veces, comentaristas identificados con el oficialismo de turno acompañando ese momento. Solo las voces del sonido ambiente y un único discurso “mileísta”, el del propio Chaqueño elogiando al Presidente e invitándolo a cantar con él. Cada uno pudo sacar sus conclusiones en términos políticos desde una transmisión aséptica e irreprochable desde el aspecto técnico (sonido e imagen impecables), pero en la que se cometió sin embargo un imperdonable pecado de desprolijidad televisiva.

La cobertura festivalera del viernes por la noche en la TV Pública se dividió en dos. Una primera parte desde Corrientes con la apertura de la Fiesta Nacional del Chamamé y la segunda con el número fuerte de Jesús María. Pero la transición entre ambas coberturas resultó incomprensible. En los primeros minutos del sábado alguien decidió cerrar abruptamente el sonido que llegaba desde Corrientes y pocos instantes después esa imagen se apagó, reemplazada por la que llegaba desde Córdoba.

Nadie dio una sola explicación, ni siquiera la voz en off de algún locutor de turno. Lo mismo ocurrió en la madrugada del jueves, cuando otra transmisión en vivo y en directo desde Jesús María se bajó del aire en plena actuación de Soledad Pastorutti. No hubo nadie en ese momento que dijera desde la pantalla que la velada artística había sido suspendida por el mal tiempo y que el número principal (la presentación del Indio Lucio Rojas) se postergaba para otra fecha.

Ningún espectador se merece semejante destrato, sobre todo si partimos del reconocimiento de que cualquier medio público debería concebir cada una de sus transmisiones con el criterio elemental de un servicio hacia la sociedad que los sostiene con sus impuestos. El único momento de visibilidad logrado en los últimos tiempos por la TV Pública concluye de manera deslucida, como si no hubiese nadie frente al televisor y el público no existiera.

Mientras tanto, ahora en silencio, el Gobierno parece decidido a insistir en su propósito de desprenderse de los medios públicos que funcionan bajo la órbita del Poder Ejecutivo. Había hecho mucho ruido Milei durante la campaña que lo llevó a la Presidencia al anunciar que si ganaba iba a tomar esa medida. Pero la relación de fuerzas en el Congreso funcionó hasta ahora como un obstáculo infranqueable. Ahora, después de los resultados de los últimos comicios y un nuevo escenario legislativo, todo indica que el oficialismo volverá a la carga tarde o temprano con la privatización de Radio y Televisión Argentina (RTA).

La actual programación de la TV Pública no ayuda demasiado a quienes insisten en mantener a los medios públicos fuera del escenario de una transferencia a manos privadas o, en el peor de los casos, de un eventual cierre. Fuera de algunos documentales (género que cuenta con una nutrida presencia en la grilla de programación) y alguna bienvenida iniciativa marcada por el espíritu de inclusión, brilla por su ausencia el natural propósito educativo de todo medio público.

Hay, eso sí, envíos diarios que responden a las típicas y convencionales características de los magazines o revistas televisivas de actualidad, conducidas por algunas figuras muy familiares para el público. Y demasiado tiempo dedicado en otra tira diaria a seguir los asuntos de la farándula. Nada diferencia a estos ciclos de sus equivalentes en los canales privados, que son los que terminan capturando la atención de la audiencia.

La televisión abierta está en retroceso, pero lejos de convertirse en un objeto sin valor. Es el medio de mayor alcance y sigue siendo la primera opción de entretenimiento para muchísima gente todavía ajena por razones económicas a la opción del streaming. En ese escenario actual, todavía propicio para explorar oportunidades atractivas en términos de una programación creativa, entretenida y con valores, la TV Pública se encuentra en una encrucijada. Así como funciona no le sirve hoy a casi nadie.

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