“Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver. Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. El mensaje contenido en el Evangelio de San Mateo es uno de los pilares de la caridad cristiana. Sin embargo, llevarlo a cabo no solo no es sencillo, sino que incluso puede generar conflictos con miembros de la propia Iglesia católica.
El caso de la argentina Mónica Astorga es un claro ejemplo. La mujer, nacida en 1964 en Buenos Aires, fue forzada a renunciar a sus hábitos después de casi 40 años de trabajo en la orden de las Carmelitas Descalzas por tenderle la mano y darle techo a uno de los colectivos más desamparados de la sociedad: las mujeres trans. “Fue muy fuerte, muy fuerte, fue fuertísimo”, afirmó la exreligiosa al programa Outlook del Servicio Mundial de la BBC.
El nexo entre Astorga y el colectivo de mujeres trans de la localidad argentina de Neuquén, ubicada más de 1000 kilómetros al sudoeste de Buenos Aires, comenzó por casualidad hace casi dos décadas. En julio de 2006, Romina, una mujer transgénero, pidió ayuda en la parroquia donde la entonces monja trabajaba. El sacerdote solicitó que una religiosa la atendiera.
“Era la primera vez que me encontraba con una trans”, recordó Astorga, quien le pidió a Romina que le contara sobre su vida. “Soy ignorante en el tema y no quiero lastimarte con mi ignorancia. Entonces, contame, ¿cómo es? ¿Cuándo te sentiste mujer? ¿Cuándo fue tu cambio? ¿Cómo lo viviste?”, le dijo, y la invitó a que trajera a sus amigas.
A los días, cuatro mujeres trans que se dedicaban al trabajo sexual estaban en el convento, aunque llenas de escepticismo. “‘¿Y vos qué vas a hacer? Golpeamos todas las puertas, nadie nos ayudó. Metida en un convento, ¿qué podés hacer por nosotras?’”, le espetó una, recordó Astorga.
La entonces monja no se amilanó y recordó lo que su madre le inculcó de pequeña. “Ella me decía: ‘La persona que golpee la puerta pidiendo, aunque sea una naranja, que es lo único que tenemos, se la damos’”, recordó durante la entrevista, en la que admitió que su infancia fue difícil. Sus padres se separaron cuando era niña y su madre, quien trabajaba como empleada doméstica y apenas podía mantenerla, era alcohólica.
Después de formar un grupo de mujeres trans y lograr que se reunieran con frecuencia, Astorga comenzó a indagar en sus sueños, aspiraciones y, sobre todo, sus necesidades. Por ejemplo, Kathy le dijo: “Quiero una cama limpia donde morir. Porque no sé si esta noche cuando salgo me matan o termino internada en una cama que ni las sábanas nos cambian”, contó Astorga. Muchas de las integrantes del grupo eran portadoras del VIH.
Tras pedirle autorización a su superiora y hablar con miembros de su comunidad, Astorga acudió al obispo para pedirle un lugar donde poder albergar a las mujeres. “Me dijo: ‘Hay una (casa), pero está totalmente destruida’. Yo le respondí: ‘Usted no se preocupe, deme la casa y yo veo cómo se arregla’”, prosiguió. En 2010, con la ayuda de un empresario, el lugar se rehabilitó y comenzó a recibir a aquellas mujeres trans que salían del hospital para que o bien continuaran su recuperación o bien tuvieran un lugar digno donde morir.
En un viaje a Buenos Aires en 1987, muchos años antes de conocer a Romina, Kathy y a quienes llama ‘sus chicas’, Astorga conoció a un sacerdote jesuita, quien la alentaría a llevar adelante su trabajo, sin importar los obstáculos. Se trataba de Jorge Mario Bergoglio, el futuro papa Francisco. “Fue incondicional”, aseguró.
“Al principio las trataba en masculino en las cartas, y después, como que fue abriendo su cabeza también. Al final me decía: ‘Dale saludos a tus chicas’”, afirmó. Ni siquiera la elección de Bergoglio como Papa en marzo de 2013 rompió la relación. “Sigue trabajando así, acompañada por la comunidad y sin dejar la oración. Rezo con y por ti”, escribió el pontífice en una de las tantas cartas y correos electrónicos que Astorga conserva, algunos de los cuales mostró a Cosoy durante la entrevista.
Pero la casa fue solo el primer paso de un proyecto más ambicioso. En 2017, el ayuntamiento de Neuquén cedió un terreno cerca y, con aporte del gobierno regional, comenzó la construcción de 12 departamentos. “Cuando iba viendo la construcción de la obra, no lo podía creer”, admitió su promotora.
En 2020 el proyecto ya estaba concluido y la inauguración fue “impresionante”: “Una chica me dijo: ‘No puedo creer que me voy a poder bañar en una ducha. Años que no veo una ducha’”, narró Astorga. “Ver que abrían cada una esa puertita y que tenían todo fue muy fuerte”, admitió. “La que se pudo bañar, venía muy deteriorada y duró cuatro meses. Cuatro meses pudo disfrutar de la casita. Murió ahí mismo en el departamento”, prosiguió.
Aunque actualmente los 12 departamentos están ocupados, Astorga contó que algunas cosas cambiaron desde entonces. “Algunas decidieron ir a otro lado a vivir. Otra se está haciendo su casita. Y la idea es esa: que la que quiera quedarse a vivir toda la vida ahí, se quede, y la que no, que pueda ir haciendo su espacio”, explicó, al tiempo que calificó la iniciativa como “única en el mundo”.
En Argentina, el colectivo trans atraviesa momentos difíciles. En el primer semestre de 2025 se registraron 102 crímenes de odio, una cifra 70% superior a la del mismo período de 2024, según el Observatorio de Crímenes de Odio LGBT+, que además informó que el 70% de las víctimas fueron mujeres trans.
Los datos confirman la tendencia al alza de este tipo de crímenes que se viene registrando desde 2021. Asimismo, la organización, que depende de las defensorías del pueblo de la ciudad de Buenos Aires y de la nación, señaló que estos hechos dejaron un saldo de 17 personas fallecidas en los primeros seis meses del año.
Poco después de inaugurado el complejo habitacional y cuando la labor de Astorga ganaba el reconocimiento no solo del colectivo trans, sino también de las autoridades, dentro de la Iglesia se producía un movimiento en su contra.
A finales de 2020, el entonces obispo de Neuquén visitó el convento de las carmelitas, que también estaba bajo la dirección de la “monja de las trans” —como la habían bautizado algunos medios—, y le propinó un golpe inesperado. “A partir de ahí se me derrumbó el mundo, porque el obispo (…) apenas llegó a Neuquén, fue a hablar conmigo (…) y lo único que me repetía era: ‘¿Por qué las trans? ¿No te planteás que no es tu vocación esta, que puede ser en otro lugar? Y le digo: ‘No, no me siento en otro lugar’”, relató.
Astorga acudió al papa Francisco y él le dijo: “Sigue adelante, sigue adelante”. Sin embargo, el apoyo del pontífice no fue suficiente y pronto descubrió que, incluso en su propia comunidad, había un grupo que no solo objetaba su labor, sino que estaba actuando para desplazarla. Las tensiones, lejos de amainar, siguieron creciendo hasta que Astorga dijo: “Listo, hasta acá llego”.
El Papa intentó disuadirla, pero ella no cambió de parecer y dejó los hábitos. El Vaticano aceptó su desvinculación con las carmelitas en 2024. “No, no puedo”, le escribió. “Yo voy a seguir ayudando. Él me dijo: ‘Te entiendo (…), sigue adelante (…), no bajés los brazos’”, contó.
En 2023 se trasladó a Buenos Aires, donde continúa asistiendo al colectivo trans en la capital argentina. Durante su proceso de instalación en la ciudad y mientras mantenía conversaciones con sus antiguas compañeras, recibió apoyo económico de Bergoglio desde el Vaticano, reveló. “Me hicieron un contrato por 10 años (por un departamento), que a los 10 años se renueva, pero me pusieron un montón de condiciones. No puedo entrar a ningún instituto religioso ni formar una familia ni que nadie entre acá, porque se habrán pensado que iba a llenar este sitio de trans”, comentó.
Astorga reveló que su orden intentó impedirle despedirse de sus chicas de Neuquén, pero ella lo rechazó. “Me dijeron: ‘No le avisés a nadie y no podés despedirte de nadie’. ‘No’, dije, ‘discúlpenme, pero yo, con las trans, necesito hablar’”, relató. “Las chicas son las que me ayudaron económicamente”, dijo y mencionó que una le pagó un curso de peluquería para aprender el oficio con el que hoy ayuda a otras personas necesitadas en la capital argentina.
La exreligiosa reconoció que su relación con la Iglesia cambió. “La fe no la perdí. Lo que sí perdí es que no creo en la gente que está dentro de la Iglesia, no creo en ellos”, dijo. “Voy a misa cuando siento una necesidad fuerte de ir, pero entro después de que termina de hablar el cura, porque no los puedo escuchar”, explicó. Astorga aseguró que, si pudiera volver en el tiempo, actuaría de la misma manera y seguiría haciendo lo que le pidió el papa Francisco: “Sanar las heridas del Señor en mis chicas”.
*Esta versión escrita del programa Yo era monja y el difunto Papa me ayudó a apoyar a las mujeres trans de Outlook, del Servicio Mundial de la BBC, fue redactada por Juan Francisco Alonso. Haz clic aquí para escuchar el programa en inglés.

