El escritor español Manuel VicentEl escritor español Manuel Vicent

Manuel Vicent: “Lo mejor del mundo y de la vida es barato, si no gratis”

2026/01/31 11:15

MADRID. El encuentro es a la una de la tarde en el bar del Eurobuilding, a metros del Paseo de la Castellana. Allí está sentado, de espaldas a la entrada y frente a un capuchino que beberá sin azúcar, el columnista más destacado de España: Manuel Vicent, escritor y periodista que ha convertido el articulismo en un género literario de alto vuelo desde la contratapa del diario El País, donde reina desde hace muchos muchos años.

El lugar no está lejos de su casa y es una suerte de meeting point donde se encuentra con amigos. Los miércoles, por ejemplo, mantiene allí una de sus tertulias con un grupo de médicos, de su edad, aclara, algunos de los cuales conoce de sus épocas de alférez. La segunda toca los lunes en Mercato Ballaró, una taberna siciliana del barrio de Chamberí en cuya carta figura el carpaccio "Manuel Vicent". Por último, la que se celebra en Denia, cerca del mar, y nunca mejor usado el verbo celebrar, ya que de eso se tratan las tertulias. También fue protagonista insigne de otra muy famosa, la del Café Gijón -hoy vendido y cerrado-, pero la abandonó hace unos años cuando se dio cuenta de que “el Café Gijón era una mala forma de envejecer”, aunque ha reconocido que “nunca había sido tan feliz ni se sintió mejor que en aquellos tiempos en que navegaba en esa gabarra llena de tripulantes soñadores que esperaban en vano que, de pronto, subiera la gloria a bordo y los coronara”.

Testigo calificado del siglo XX, y en particular de los últimos sesenta años de España, Manuel Vicent nació en 1936 en La Vilavella, un pueblecillo de Castellón al pie de la sierra de Espadán, poco antes de que estallara la Guerra Civil. Con tenía apenas dos o tres meses, sus padres se instalaron en una casa en la playa de la Moncofa y él, arrullado por una niñera jovencita, sintió por primera vez la brisa que venía del Mediterráneo. Fue cuando el mar se le adhirió a la piel para siempre.

Pronto, el 10 de marzo, cumplirá 90 años lleno de vida y en plena actividad, nutrido como siempre por la savia de su “memoria fermentada”. Además de sus columnas dominicales, este invierno lo encuentra tecleando su próximo libro, una novela corta que la Editorial Alfaguara publicará en el primer trimestre de 2027. No puede revelar el tema todavía.

Analógico militante, sin Whatsapp y alérgico a las redes (“son el Anticristo”, dice), Manuel Vicent mira y cuenta la vida como nadie desde esas 300 palabras sin punto y aparte a la derecha de la contra. Son las 300 palabras más leídas y compartidas del diario, y una gran mayoría de lectores de papel confiesa que comienza a leerlo por allí.

Vicent ingresó en El País en 1981 y Juan Luis Cebrián, primer director y cabeza de la línea fundadora, le encomendó las crónicas parlamentarias. “Tu cuenta lo que ves”, le dijo, y esta premisa marcó el rumbo de su trayectoria. Así contó el mundo y la España de la transición, la Europa que crecía tras la caída del Muro y la sociedad ibérica que se probaba el traje de la UE. Siempre con las mismas herramientas: el modo Vicent de mirar, un boli y una libretita, aunque su gran amigo Juan Cruz Ruiz, otro notable escritor y columnista español, asegura que jamás toma notas. Tampoco se documentaba antes de salir al ruedo para conservar la pureza de la mirada de esos ojos azul intenso que heredó de su madre y no desaprovechar el impacto de la primera impresión.

Un cálculo a vuelo de pájaro diría que lleva escritas alrededor de cuatro mil columnas, muchas de las cuales están reunidas en libros como Lecturas con daiquiri, A favor del placer y Radical libre. Autor de quince novelas y ocho libros de memorias y artículos, dos veces Premio Alfaguara (Pascua y Naranjas y Son de mar), Premio Nadal (La balada de Caín) y muchos más, de todo hace literatura Manuel Vicent. Como su último libro de memorias, Una historia particular, una obra cautivante y cálida, sensorial, donde transcurre su historia y la historia de España a través de recuerdos y detalles. Los aromas de la infancia, sus primeros libros, la pasión por Pio Baroja, el perfume salobre del mar, la música, los coches, los perros…

“Una vez visité a Bioy Casares en su casa y me pidió que no le hablara de literatura -rememora ante este diario-. Solo estaba dispuesto a hablar de perros, coches, música, mujeres, deportes, viajes… Así lo hice y supe más de su vida que en todos los libros que había leído. No habíamos hablado más que de literatura transformada en la salsa concreta de la vida”, cuenta a poco de iniciar la charla.

-¿Qué mira cuando mira?

-Yo ya veo la vida como una columna. No tiene punto aparte, porque si no, se quiebra, se cae. Es una deformación o una formación, no sé, porque ya no sé cuántos años son…. Lo más complicado de una columna es convencerte de que eso que vas a escribir vale la pena escribirlo. La semana pasa rápido. Llega el jueves, llega el viernes y tienes que sentarte frente al ordenador, llega un momento en que tienes que creerlo. Bueno, aparte de que eres un profesional. Para todo en esta vida hay que ser profesional. Como decía Bogart, los individuos se diferencian entre profesionales y no profesionales. Poetas profesionales, no poeta de domingo o de lunes, o cuando estás inspirado. No, no. Profesional. Que cuando llegue la musa te pille sentado.

-¿Cómo elige los temas?

-Para mí la columna perfecta es la que sintetiza todo lo que ha pasado en la semana, todo eso que ha quedado en suspensión en el aire, narrarlo como algo cotidiano, incluso anodino, y en el último párrafo de la columna, dar un giro como quien vuelve un espejo. Y de pronto todo eso que te parecía normal, cotidiano y tal, adquiere otra dimensión. Para mí el éxito de una columna es que el lector se quede con la sensación de que ha pensado. Sin más profundidades, que yo no soy nada profundo. Soy profundamente superficial.

-No lo parecen sus escritos. Diría que tienen un trasfondo ético, espiritual.

-Bueno, no me detengo analizado. Cuando han hecho trabajos sobre mi obra no lo entiendo. Dicen cosas que a mí nunca se me han ocurrido ni las he pensado a la hora de escribir. Pero, vamos, lo que he escrito ha salido así y ya está. No me preocupo por más.

Es interesante recordar aquí algunas definiciones que ha merecido el estilo Vicent. Como lo que dijo hace años Maruja Torres, entonces colega en El País: “Su prosa tiene una cualidad carnal que está hecha de olores y sabores, y se puede tocar arrugar, soplar y tentar”. Respuesta de Vicent: “En la cabeza hay dos lóbulos, el del análisis y el de la creación. El primero yo lo tengo totalmente amorfo. No recuerdo nada ni analizo nada. Pero tengo memoria visual y todo lo escribo porque lo veo en mi cabeza. No dispongo de ninguna capacidad de abstracción ni me interesa”.

Para Andrés Rabago García (El Roto), que ilustró Crónicas urbanas, la prosa del valenciano es “barroca pero también luminosa”, y Paco Umbral, otra vaca sagrada del articulismo, lo admiraba por su “la calidad tectónica de su escritura, la fuerza levantina de sus imágenes, el volumen áureo y matinal de sus palabras”

-Usted dice que escribe y ya, pero en algo debe poner el acento.

-En tener un eje. En la vida hay que tener un eje y todo lo que te pase tiene que ser alrededor de ese eje. No comprendo a esas personas, escritores, artistas, que dan esos golpes de timón en su vida. Cómo, si antes eras revolucionario, ahora eres antirrevolucionario… Considero que hacer las cosas bien es más cómodo que hacerlas mal. Ser bueno es más fácil que ser malo.

-¿Su eje cuál es?

-Mi eje es ser un demócrata y una persona honesta. No me planteo más ideologías. Soy un socialdemócrata que trata de no hacer mal a nadie. Liarte en problemas es complicadísimo. Como mentir. Bueno, si tienes 20 años y aquellos reflejos puede que sí, pero a mi edad no puedo mentir. Porque me puedo olvidar de lo que he dicho antes.

-Habla del cielo, del paraíso, habla con serenidad de la muerte… Son dimensiones espirituales.

-Bueno, espirituales, pero también podemos decir sensoriales o sensitivas. Porque el espíritu es la confluencia de los sentidos. Los gurús, los sufíes, los que tienen un desarrollo espiritual muy elevado, tratan de unir varios sentidos corporales en un vértice. Si tu estás escuchando música, y a la vez viendo un buen paisaje o un cuadro de Monet, y tienes la capacidad de unir la sensación acústica de Bach con la pintura que estás viendo, y confluye, es otra cosa… Ahora si eres un místico que puede hacer converger en un vértice los cinco sentidos, bueno, eso es el éxtasis. Esos son los místicos. Pero, vamos, tampoco se puede ir por la vida así… Hay que comer, hay que vivir, llamar por teléfono, pagar los impuestos. Aquello es para algunos momentos de la vida.

-Su columna del 4 de enero invitaba a agradecer las cosas de todos los días, esas que no cuestan nada.

-Y claro, lo mejor del mundo, de la vida, es barato, si no gratis. Ver la vida desde el lado placentero es un ejercicio ejemplar. La forma más moderna del proselitismo contra la violencia y la muerte. Despertarme y ver el sol ya es una alegría. Un día más. Bueno, pero eso está para escribirlo. Ahora, ya para vivirlo es otra cosa.

-Los que lo conocen dicen que tiene una especie de intuición para la felicidad, una mirada de esperanza.

-Creo que eso viene de fábrica. No sé, uno es así. Yo tengo sentido del humor. Valoro mucho la amistad, mucho más que el amor. El amor es muy posesivo, por la emoción, ¿no? En mi generación hemos bailado la violencia de género muy apretados (se ríe). Qué te mato, que me mato, que me muero, ¡Bammm!. ¡Violencia de género! El amor es muy posesivo y el amor, sin un punto de celos, no existe. Vendrá uno más guapo y se la llevará. O vendrá una más guapa y me lo quitará. Quiero decir, siempre está eso. En cambió la amistad es azul, es maravillosa… Uno puede dar la vida por un amigo. La amistad siempre tiene un fondo de ayudas mutuas, como pasa en el mar. Un barco va en ayuda de otro que está en problemas. En la nevada los camioneros se ayudan entre sí, no se entorpecen. Esa ayuda frente a la adversidad, esa solidaridad… y eso está en la amistad, pero también en el corazón de todo ser humano. Es el instinto de conservación. Viene Jack el Destripador y ve a una persona que resbala y la levanta, ve a un niño que cae al agua y lo socorre. Incluso Jack El Destripador va y te alarga la mano, sin saberlo, por el principio de conservación de la especie. Bueno, pues la amistad es eso. Esa ayuda en la adversidad por un amigo o una amiga. Yo he cultivado eso. Podría vivir en cualquier parte del mundo donde tuviera amigos y una tertulia para hablar.

-Usa cuando habla y cuando escribe usa la palabra “azul” como adjetivo.

-Bueno, pienso que si mirara en mi subconciente quizá sería el primer color que vi yo, el del mar, porque mis padres me llevaron allí de pocos meses. Y después porque en la cultura negra azul es pena, el blues. Y claro, la palabra azul engloba lo bueno y lo malo de la vida, la fraternidad, la amistad, el mar, la libertad. Todo esto es azul. Y por otra parte la pena también es azul.

-Hay mucha sensorialidad y sensualidad en su prosa.

-Me gusta más que me digan sensual que lírico y místico. Lírico es como un insulto. Lírico es como decir fino estilista. No me gusta. Sensua, sí. Es que, claro, las palabras salen de la boca, y salen de la lengua, del paladar, de la garganta. Son masticables, tienen que salir masticadas. Y hay palabras dulces y palabras amargas. Hay palabras atravesadas. A mí me gustan las palabras... no que sean bonitas, pero que sean… sensuales. Que la literatura sea sensual. Que las palabras se cabalguen unas a otras, que sean rítmicas. Las palabras tienen un ritmo interior. En principio toda la prosa fue poética, y la poética fue cántico, y el cántico pues fue baile y grito y tal. Pero todo está todavía dentro de la palabra. Las palabras tienen un ritmo. El lenguaje es la forma del pensamiento. No puedes pensar sin imaginar las palabras… Bueno son cosas esas de la vida.

-¿Ha amado mucho en su vida?

-No estoy tan seguro de ello.

-¿Y fue amado?

-Bueno, eso probablemente. Creo que sí

-Por su libros, se diría que sí…

-Bueno, uno escribe de lo que sabe y de lo que ha vivido. Pero se puede escribir muy bien de las cosas de las que se ha carecido. Los que mejor han escrito sobre el amor son los que no lo han gozado, lo han imaginado. Los que mejor describen aventuras son los que no han salido de casa. Pero también hay algunos que hablan de sexo y uno se da cuenta y dice este no se ha comido un roscón nunca. Eso se nota enseguida. Que no va por ahí la cosa. Bueno, eso… Sí, yo he querido mucho también. A mi hijo… La muerte de mi hijo fue una estocada muy dura. Ahora tengo cuatro nietos maravillosos y bien, tengo la casa llena y en la Navidad entraban y salían. Me gusta mucho ver la juventud y la adolescencia. A veces cuando camino los veo salir del colegio. Los miro como quien mira un paisaje, un paisaje maravilloso. Bueno, yo ya veo la vida como un paisaje.

Vicent ha pasado más de veinte años recorriendo el mundo. Como cronista, aclara, no como turista, y su libro Viajes, fábulas y otras travesías compendia lo visto y vivido en ese peregrinaje. Sin embargo, dice: “Eso de viajar ya lo he cerrado. Ya no quiero subir a un avión. Un viaje corto en tren ida y vuelta a lo sumo. Creo que lo que tenía que ver lo he visto. Lo que tenía que saber ya lo sé. De viajar, digo. Cuando eres joven vas de aquí para allá empujando mochilas. Me agobian las estaciones, los aeropuertos… Estos lugares no son para ir a ningún sitio. Sino para huir de algún sitio".

-¿De dónde cree que huyen?

-¿La gente? ¡De sí misma! Si no se aguanta… Con lo bien que se está en casa pensando, sentado frente a un ventanal, viendo los pájaros y las nubes que pasan por la aguja del campanario.

-Y bueno, se comprende, en el mundo que se vive hoy. En la segunda columna del año usted dice que andan dando vuelta los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.

-Y sí, si han pateado el tablero y han tirado las fichas (ríe)

Hace un año, en la librería Alberti de Madrid y mientras presentaban Una historia particular, le dijo esto a Juan Cruz: “Durante la dictadura todo lo que hacías era siempre hacia la luz. El compás se iba abriendo. Cualquier cosa que conquistaras era una cosa ya irreversible que habías conquistado, y siempre veías un horizonte azúl al que llegarías un día que vendría la libertad y la democracia. Ahora, todo lo que se hace va hacia la oscuridad. Veo que los jóvenes están viviendo una época en que el compás se cierra”.

Manuel Vicent vive en una casa de tres plantas en una colonia al norte de Madrid, no demasiado lejos de donde ocurrió esta entrevista, acompañado por su hija y sus dos nietas adolescentes, y un par de perras, Lea y Blackie, esta última herencia de su hijo Mauricio, que murió hace tres años de un paro cardiorespiratorio. Era corresponsal de El País en La Habana y dejó dos hijos. Un varón (19), becado ahora en San Diego, y una chica (18), que vive en Holanda.

A veces Vicent cocina alguna paella, en general para sus amigos, y casi siempre de verduras porque es vegetariano (aunque come pescado). Tan bien le sale -es valenciano y hace honor- que cuando era cronista parlamentario le hizo una a Dolores Ibarruri, “La Pasionaria”. Hace veinte años escribió Comer y Beber a mi manera, un canto de amor a la cocina mediterránea, ”que es una forma de comer, de alargar la sobremesa, de reír los alimentos. Esto es lo que he comido a lo largo de mi vida. En este libro, junto a algunos alimentos terrestres, están mis amigos, mis viajes, siempre acompañados por un aroma que me devuelve a la cocina de aquella vieja casa”.

Como entrevistado da muy poco trabajo: una pregunta y se carga la faena al hombro. Tira título tras título. Gran conversador, habla en cuento y redondea sus pensamientos en forma de aforismos entre sabios e irónicos. La charla fluye y el tiempo pasa rápido. Habla con pasión del arte de escribir un artículo o de gozar de un momento de la vida. “La columna más firme donde agarrarse en estos tiempos sigue siendo un tarro de mermelada o la memoria de aquel potaje que hacía la abuela”, dice.

Solo cambia el tono de su voz, y la mirada se empaña un poco, cuando menciona a su hijo. Un instante apenas. Se repone pronto y recupera esa gallardía, con la barba de chivo blanca que recorta sobre una tez donde viven aún los veranos que pasa en Denia, a la orilla del mar. Suéter azul marino impecable, la camisa blanca con rayas celestes bajo la que asoma una t-shirt azul más claro. En la silla de enfrente, el abrigo y la gorra inglesa pied de poule. Inocultable coquetería la suya; en algunas charlas se ha ufanado de jamás andar por su casa en pijama o babuchas: “Me meto en el cuarto de baño y salgo hecho un pincel”.

Cronista, viajero, novelista, crítico de arte, biógrafo, director de cine frustrado, también es licenciado en Derecho y Filosofía, y Periodismo. Pero antes, mucho antes de su primer libro, El Resuello (1966), sobre la muerte de su amigo El Bola; y del segundo, Pascua y naranjas, que le valió el primer Alfaguara, hubo -y hay- un gran narrador. Ese que de muy pequeño esperaba en la estación de trenes la llegada de los tebeos o comics (El hombre enmascarado,Roberto Alcazar y Pedrín, El guerrero del antifaz), y cuando agotaba la lectura, inventaba relatos para entretener a sus compañeros a cambio de figuritas. “Disfrutaba viendo sus caras. Iban del asombro al horror, según para qué lado fuera el cuento”. Eran las épocas en que correteaba con sus amigos por las laderas de la sierra de Espadán, buscando minas que habían quedado desperdigadas durante la guerra. Y lo hacía como si nada. Alguna vez lo ha recordado así: “Recuerdo que tenía amigos uno sin manos, otro sin ojos. Le veo con el ojo cayendo y yo detrás. ¿Y de dónde vienes?, me decían en mi casa. De buscar balas y buscar bombas… Y no se preocupaban. Y ahora porque los chavales van a un pub la gente se pone a temblar”.

De aquellos tiempos también data un incidente que sí fue muy serio, pero le supo sacar provecho: “Me caí de espaldas en una alberca vacía y quedé en coma por varios días. Como no me despertaba al séptimo día, el médico dijo a mi familia que le avisaran al carpintero Trinitario que hiciera mi ataúd. Ya me había tomado las medidas y empezó a hacer la caja blanca forrada de tela blanca y con las tachuelas doradas, y entonces me desperté. Cuando fui a la escuela al día siguiente o a los dos días, yo tenía autoridad moral sobre todos mis compañeros porque había estado en el más allá. Y unas veces el más allá era el cielo y otras veces, el infierno. Yo dominaba todos los monstruos que había en mi imaginación y tomé un gran prestigio. O sea que todo arranca del momento en que estuve muerto”.

Relatos como estos tiene cientos. Quienes no hayan leído nunca un libro de Manuel Vicent pueden empezar por escucharlo. En You Tube hay una la larga lista de conferencias, presentaciones y entrevistas que, en medio de anécdotas de ameno decir, muchas desopilantes, se vuelven clases magistrales de periodismo, literatura, arte (es un experto) o involuntarias lecciones de vida. La experiencia no tiene desperdicio. El mundo de Vicent es muy ancho e inabarcable, pero su punto de vista es un microscopio que apunta directo a la esencia dejando de lado toda maleza. Allí aparece la síntesis pura, esa que tanto cuesta alcanzar, y tira un pensamiento así : “La trascendencia puede estar en darnos cuenta de que respiramos, así como hay mucha metafísica en la pulpa de un berberecho donde se resume todo el mar, incluido su abismo”.

No hace tanto, al comienzo del otoño, le hicieron un homenaje en el Instituto Cervantes que terminó casi en tertulia. Estaban algunos de sus grandes amigos, Joan Manuel Serrat, Nativel Preciado, Manuel Jabois y David Trueba, todos bajo la batuta de Juan Cruz, y fue un jolgorio de recuerdos, retruques y jugosos macerados de su impresionante memoria

“De Vicent no me desagrada nada -disparó Serrat, quien comparte con Vicent la autoría de ”El mal de la tarongina", una canción a la flor de azahar-, ni cuando escuchas una historia que tú le has contado replicada por él cuatro años después, aunque no se acuerda que se la has contado tú. Es fantástico, siempre”.

-Mantiene la tertulia de Denia…

-Pues sí, soy muy de eso. A eso hemos venido. No a otra cosa, a estar en una tertulia. Yo, si tengo una tertulia, alguien amigo con quien hablar, tengo el día solucionado. Antes, por las tardes caminaba… Yo he hecho bastante deporte… Bueno ahora cuando vuelva la primavera me verá caminando otra vez. Tú sabes, la vejez no es más que ir retrocediendo hasta caer en la fosa. Vas retrocediendo y caes de espaldas en un acantilado.

-Pero se lo ve espléndido…

-¿Yo? Bueno ahora me pillas con un ataque de lumbalgia. Lo peor de la vejez es que es demasiado larga. Yo siempre digo, el postre en una sobremesa siempre es dulce, una tarta, flan de la casa… La vejez es un postre y tiene que ser dulce. Pero es demasiado larga, se lleva un tercio de la vida. Antes la vejez era a los 65 años o 70.

-¿Cómo era usted a los 70?

-¡A los 70 yo saltaba charcos! Si hubiera muerte a los 70, yo feliz. Ahora mismo estoy entre las ganas de morir y el miedo a morir. Es una ecuación, ahí…

-¿De verdad tiene ganas?

-Si me dieran a elegir el cómo….

-¿Cómo le gustaría?

-Suave, en medio de la familia, por supuesto, sin dolor, y luego dormir. Bueno, pero estas barajas ya las conocemos todos. Así que para qué hablar de la muerte.

-A veces sirve para disfrutar más de lo que hay.

-A ver, el tiempo es lo que te pasa. Por ejemplo, estaba acá esperándote. ¿Que hacía? Estaba esperando. Esa espera es tiempo. El tiempo es lo que te pasa, si no te pasa nada, pasa muy rápido. Para que se alargue o se dilate tienen que pasarte cosas. Cuando eras niña, o una jovencita, que todo era emoción, pues te pasaron cosas y el tiempo era muy sólido. Ahora resbala… porque no te pasa nada. Entonces hay que procurar que te pasen cosas. Cosas agradables.

-Si le dijeran en el diario que escriba una columna titulada ‘Vicent cumple 90’, que escribiría?

-No escribiría nada. A mi me horroriza cumplir años. Uno envejece por rellanos, al cambio de dígitos, y el cambio de dígitos es lo más pestilente que hay. No escribiría nada. Creo que a partir de los 70 y tantos ya no se cumplen más años, se cumple salud y enfermedad, ser derrotista o ser optimista, tener proyectos o nada.

-¿Hay algo del otro lado?

-El silencio. La oscuridad y el silencio. Como decía Samuel Becket, la vida es un caos entre dos silencios. Ahora estamos bailando, pero venimos de un silencio y vamos hacia otro silencio. Yo no quiero que haya nada más, porque va a ser peor. Dejémoslo así, no jodan…

-¿Y reencontrarse con Toby, su perro preferido, como alguna vez ha dicho?

-Sí, y ver a mi hijo... Uno piensa: ¿qué es el paraíso? Yo siempre digo que el paraíso es ese sitio maravilloso donde estará la bicicleta que yo tenía de pequeño. Donde esté esa bicicleta está el paraíso. Yo sé que hay un sitio donde está esa bicicleta.

Manuel Vicent habla tras recibir un premio de la Comunidad Valenciana

Columnista de raza y novelista

Escritor y periodista español, Manuel Vicent (1936) es licenciado en Derecho y Filosofía y Letras por la Universidad de Valencia y en Periodismo por la Escuela Oficial de Madrid.

Es autor de novelas, relatos cortos, teatro, biografías y libros de viajes. Escribió, entre otros muchos libros, las novelas Tranvía a la Malvarrosa –adaptada al cine–, Son de mar, La novia de Matisse y El azar de la mujer rubia.

Ha obtenido, entre otros, los premios Nadal en 1987 y el Alfaguara en 1966 y 1999.

Se incorporó al diario El País de Madrid en 1981. Desde entonces ha publicado artículos, crónicas de viajes, reportajes y semblanzas de diferentes personalidades. Desde hace años, escribe una columna en su última página.

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