Hubo un tiempo en el que Carlos Varela omitía un detalle fundamental cuando buscaba trabajo. “No decía que tenía esquizofrenia. Si lo hacía, no me tomaban y yo necesitaba trabajar”, dice. Pero la estrategia le costaba, siempre, muy caro: durante el primer año de trabajo, su salud mental se descompensaba y tenía que renunciar.
Después de cada episodio, le costaba un tiempo estabilizarse y se afectaba su salud general. Así una y otra vez. Hasta que después de tres intentos en un año, todos igual de fallidos, entendió que no era por ahí.
“Hoy sé que el problema no soy yo, sino el ambiente de trabajo. Todo lo que necesito es un entorno más tranquilo para ser productivo”, dice este hombre de 37 años que vive con sus padres en Ituzaingó.
Por eso armó un taller en el quincho de su casa. Y lanzó un emprendimiento de marquetería, una técnica para embutir piezas de madera en una estructura para incorporar más diseño a la carpintería. Carlos se especializa en crear cajas, bandejas y otros objetos que ofrece los domingos en una feria de su barrio. Desde hace un tiempo, también fabrica marcos.
—El problema es que no me alcanza para ser independiente. En un buen mes, puedo llegar a sacar trescientos mil pesos.
En su perfil de Instagram, difunde su arte y se muestra en el taller. También comparte su currículum y hace hincapié en que es una persona neurodivergente. “Ya no escondo mi diagnóstico. Me filmo trabajando con la esperanza de que alguien quiera contratarme por mis condiciones, por eso muestro mi funcionalidad”, explica.
Carlos recuerda que desde chico había normalizado síntomas que nadie supo leer a tiempo: ansiedad y sudoraciones excesivas, nudos en el pecho cuando había mucha gente a su alrededor y la sensación de no encajar en ningún lado. A los 25 empezó a oír voces y a mantener conversaciones con personas que no existían. “A los 27 tuve mi primer brote psicótico y terminé internado en un hospital de psiquiatría”, dice.
Después siguió una batería pormenorizada de estudios médicos en los que también salió un mal funcionamiento de su tiroides. “En un principio me agarré de esto para justificar lo que me pasaba. Me costaba asumir que había algo más. No podía sostener ningún tratamiento. Mi vida era un caos”, recuerda.
Después de algunas recaídas llegó la aceptación. “Es difícil porque hay un rechazo social de este tipo de cuadros por temor a la violencia. Lo que muestran los medios sobre la psicosis o la esquizofrenia siempre está relacionado con películas de terror”, se lamenta.
Desde su cuenta de Instagram, Carlos busca cuestionar esa narrativa mostrándose como una persona creativa y activa. “A mi emprendimiento le puse Marquetería Psicosocial porque me interesa hacer hincapié en que la esquizofrenia es una discapacidad psicosocial. Si el entorno no nos genera un espacio adecuado para crecer y progresar, no podemos lograrlo”, dice.
En el taller de su casa, Carlos armó ese entorno que necesita. Comenzó adaptando el horario de trabajo. “En los talleres en los que trabajé, las jornadas solían ser de diez horas y eso no me permitía descansar lo suficiente. El descanso es clave para que no nos descompensemos. En mi caso, sé que no puedo extenderme más de siete horas”, explica.
Cuando tiene que salir de su casa, usa protectores auditivos para evitar oír voces que puedan activar en él algún síntoma psicótico. “Cuando reconozco algún síntoma, me aíslo un poco para evitar cualquier estímulo. El trabajo que hago requiere concentración y eso te ayuda a enfocarte”, agrega.
En noviembre empezó a llevar sus creaciones a la feria. “Al principio iba todo el fin de semana, pero era mucho para mí, demasiados estímulos. Así que preferí arrancar de a poco, con un día, e ir ganando seguridad”, cuenta.
De la mano de la seguridad también llega la autonomía. Al principio, Carlos necesitaba estar acompañado por un familiar en forma permanente. Pero de a poco, esa compañía se fue retirando a medida que él pudo desempeñarse solo sin desregularse.
—El domingo pasado, por primera vez, estuve prácticamente solo. Mi familia vino un rato al final, para ayudarme a levantar las cosas e irme.
En este proceso de construir su propio espacio fue que, hace unos meses, Carlos se topó en redes con una convocatoria. La asociación civil Yo También, que cuenta con una escuela audiovisual y una productora inclusiva, convocaba a personas con discapacidad. ¿El motivo? Estaban organizando una muestra fotográfica y audiovisual para generar conciencia sobre la importancia de la inclusión laboral de este colectivo.
La muestra se llamó “Entre Retratos” y estuvo abierta al público hasta el 20 de diciembre. Carlos recuerda esa experiencia como un gran aprendizaje. “No fue fácil el proceso. Estar frente a todos los equipos de producción, que me filmaran y me fotografiaran. Pero mi objetivo era más importante, quería dar esperanza a otros, decir que se puede salir del caos”, reconoce.
De cara al futuro, Carlos sueña con poder independizarse. “Yo estoy perfeccionando un oficio, soy artesano de la madera. Pero si consigo un puesto en una empresa que hace muebles que no son artesanales no me voy a negar porque necesito trabajar”, dice. “Ojalá lo logre. Si no, seguiré con mi emprendimiento hasta que me muera”.
La asociacion civil Yo También trabaja por la inclusión de las personas con discapacidad intelectual a través de una escuela audiovisual que organiza talleres anuales de video y fotografía. Además cuenta con una productora inclusiva que ofrece servicios fotográficos, audiovisuales y gráficos.


