En la búsqueda constante del bienestar y el autoconocimiento, existen herramientas que invitan a dar un paso más allá. La respiración holotrópica (RH) se presenta no solo como una técnica, sino como una experiencia de inmersión en el propio mundo interior. El término, que proviene del griego holos (todo) y trepein (moverse hacia), significa literalmente “orientarse hacia la totalidad”. Es, en esencia, un puente hacia estados ampliados de conciencia donde la psique despliega su capacidad autorreguladora.
Fue desarrollada en los Estados Unidos a comienzos de la década de 1970 por el psiquiatra checo Stanislav Grof y su esposa Christina. Grof, uno de los fundadores de la psicología transpersonal, había dedicado décadas a investigar el potencial terapéutico del LSD en contextos clínicos. Sin embargo, tras la prohibición de estas sustancias, se vio ante el desafío de hallar un método natural para alcanzar esos mismos estados de introspección profunda.
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En el legendario Esalen Institute, en California, el matrimonio Grof perfeccionó una técnica que combinaba elementos simples pero poderosos: respiración acelerada, música evocadora y un trabajo corporal focalizado.
Manuel Attias, facilitador de respiración holotrópica, representante en la Argentina de Grof Legacy Training y docente en Fundación Columbia explica: “Grof ha sido uno de los pioneros de la investigación moderna de la conciencia. A partir de su trabajo emergió una nueva cartografía de la psique humana que considera nuestras experiencias durante el nacimiento y los niveles transpersonales”.
La técnica no tardó en cruzar fronteras. A nuestro país llegó hace más de 25 años. “El mismo Grof vino a dictar las primeras formaciones”, relata Attias. El impulso definitivo se dio en 2012, cuando se lanzó una formación profesional para ampliar la red de facilitadores locales.
Por su parte, Yohan Poissonneau, facilitador staff en respiración holotrópica y responsable del espacio Tribal en Parque Chas, descubrió la técnica en Francia en 2009 y la trajo: “Para mí fue una herramienta significativa dentro de mi proceso psicoespiritual”, señala.
Un taller de respiración holotrópica no se parece a una terapia convencional de diván. Se trata de un formato vivencial, generalmente grupal, que puede durar una jornada completa.
El proceso se basa en la conformación de duplas: mientras uno respira (el breather), el otro acompaña y cuida (el sitter). La dinámica es la siguiente: preparación (meditación inicial y consignas claras). La sesión: durante aproximadamente tres horas, la persona se acuesta con un antifaz y comienza una respiración continua y profunda. La música: un programa musical diseñado específicamente guía el viaje, con una fase inicial activadora, una fase emocional y una etapa final introspectiva.
Poissonneau detalla que no es una experiencia guiada narrativamente: “Desde el enfoque teórico del método, el propio estado ampliado de conciencia favorece el emerger espontáneo de contenidos psíquicos relevantes para cada persona. Las experiencias pueden incluir sensaciones físicas intensas, emociones profundas, recuerdos biográficos o imágenes simbólicas”.
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Para Alberto Attias, el núcleo de la técnica reside en el concepto del sanador interno de la persona que respira: “Esto guía su experiencia en un viaje único, pudiendo alcanzar niveles de curación en la vida personal, perinatal y transpersonal. Esta técnica permite contactar con material alojado en el inconsciente y alcanzar raíces profundas de trastornos emocionales para sanar traumas y bloqueos”.
Lo que diferencia a esta terapia de otras corrientes es su profundidad. Según la teoría de Grof, la psicología tradicional se basa en que nacemos como una “tabla rasa”. La psicología transpersonal, en cambio, añade capas fundamentales. Attias explica que la psique se divide en tres columnas principales: biográfica (nuestra historia desde el nacimiento hasta el presente), perinatal (todo lo ocurrido durante el embarazo y el parto) y transpersonal (conexiones que trascienden el ego y el cuerpo, vinculadas a lo espiritual o lo colectivo).
“En estado ordinario de conciencia nos relacionamos desde una pequeña fracción de quienes somos. Desde un estado holotrópico, trascendemos los límites del ego y nos identificamos con nuestra identidad plena”, asegura Attias.
Los efectos de esta práctica son diversos. Según los expertos, es particularmente efectiva para abordar trastornos emocionales y condiciones psicosomáticas como el asma psicogénica, migrañas o dolores crónicos sin base orgánica.
Sin embargo, el trabajo no termina cuando se apaga la música. Al finalizar, cada participante realiza un dibujo y participa en una ronda grupal para compartir su vivencia.
¿Quiénes pueden realizarla? Profesionales de la salud mental suelen sugerirla como complemento cuando los procesos verbales parecen estancarse. “Funciona como complemento y no como sustituto de la psicoterapia”, aclara Poissonneau. Es una vía para acceder a lo que el cuerpo calla, pero la respiración revela.

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